Los fantasmas del Palacio Paz

Los fantasmas del Palacio Paz

El Palacio Paz se alza desde 1914 en el barrio de Retiro, o se, que la casona ocupa casi un cuarto de la manzana de forma irregular comprendida por las calles Maipú, Marcelo T de Alvear, Esmeralda y la de la Avenida Santa Fe.

El Palacio fue construido por encargo del magnate periodístico y político José C. Paz, propietario pues del diario La Prensa que no llegó a ver terminada su vivienda, ya que la muerte lo sorprendió pues en 1912 en Montecarlo, Mónaco, donde se desempeñaba como embajador argentino.

Esta residencia, que en ese entonces era la más grande de Buenos Aires, ocupaba casi unos 12 mil metros cuadrados cubiertos entre los que se encuentran más de 100 habitaciones y dependencias.

Semejante palacio estuvo habitado por muy pocas personas, o sea, resulta que al principio, por la viuda de Paz, Zelmira Diaz y sus hijos, Ezequiel y Zelmira; a los que los acompañaban decenas de personas que estaban a su servicio en las habitaciones superiores del palacio.

El 12 de junio 1938, la familia Paz vendió el palacio al círculo militar, una institución creada en 1880 por el general Nicolás Levalle, para que los integrantes del ejército tuvieran un lugar para estrechar lazos.

Para adaptar la mansión a las necesidades de la institución se demolieron pues las antiguas cocheras con entrada por la calle Esmeralda y construyeron una nueva ala con entrada por la avenida Santa Fe 750, en donde podrían alojarse los socios provenientes del interior del país.

Tamaño, que trabaja en el lugar desde 2018 y que posee su oficina en el subsuelo explicó que cuando la noche cae, recorrer en las penumbras ciertos lugares generan algo que se podría definir entonces como una sensación de incomodidad.

Una extraña percepción que lleva a evitar ciertos lugares o transitarlos rápidamente, o sea, quizás no sea otra cosa que sugestión o el temor que genera en el ser humano ciertos lugares. 

El Palacio Paz podría tener algunos motivos para que lo transiten almas o presencias de quienes ya no están entre los vivos y su larga existencia puede pues encerrar el o los espíritus de algunos de los que lo construyeron o habitaron.

En uno de los corredores que comunican un ala del viejo palacio con otra de las nuevas dependencias así ocurrió hace mucho un hecho que llamó la atención de todos.

Una tarde, una empleada del círculo llevaba documentación de una pequeña sala en el sector del palacio hasta su puesto de trabajo en el área más moderna y en el corredor vio a un anciano de larga barba, que estaba sentado en uno de los sillones colocados como decoración, en un lugar que no es frecuentado por mucha gente.

El anciano saludó a la joven, que le preguntó cómo andaba y qué hacía ahí en ese lugar alejado así de los despachos. «Soy el general Levalle y vine a controlar un poco las cosas», le respondió mientras la chica se alejaba rumbo a su oficina.

Cuando llegó a aquel lugar, extrañada de encontrar a una persona desconocida en un lugar entonces tan poco concurrido, le contó a sus compañeros, lo describió y nombró como su apellido, pero todos decían que no podía ser.

Tampoco lo habían visto pasar por las dependencias cercanas, o sea, resulta que el personal de seguridad juró que ningún anciano calvo y de barba blanca había salido por la puerta principal.

El desconcierto creció hasta que una de las autoridades del círculo hizo entrar al salón donde se exhiben los retratos de los 50 presidentes que tuvo la institución.

«¿Figura el rostro de la persona que viste?», le preguntó. «Si claro, es aquel, el primero de la fila», dijo la empleada.

La sorpresa fue mayor, el primer retrato de la fila era el del general Nicolás Levalle que murió en 1902 y nunca puso sus pies en la sede del palacio Paz, que como quedó dicho no sería ocupado sino hasta 36 años después.

En otra oportunidad, empleados del servicio de catering abandonaron apresuradamente el Salón Roca, destinado a ser el escritorio de José C. Paz, donde se habían velado los restos de su viuda, o sea, pues aseguraron haber percibido una presencia.

Cada tanto el personal del comedor era sorprendido al encontrar las mesas desordenadas, luego de que el día anterior las habían organizado para una comida, o sea, estos salones originalmente eran entonces los aposentos privados de doña Zelmira que parecería no estar satisfecha con tanto bullicio generado por los comensales.

Los que trabajan en el edificio se debaten entre la fantasía y la sugestión hasta que aconteció un suceso tan extraño como sorprendente, o sea, el viernes 13 septiembre de 2019, un extraño hecho alteró la cata de vinos que se realizaba en los salones. 

El violinista que amenizaba la degustación fue al baño de caballeros que se encuentra pues en el corredor Renacimiento, o sea, en el subsuelo al que se accede por medio de una escalera y entonces resulta que se hizo un selfie, con los retretes como fondo.

Al observar la fotografía, lo que pudo ver lo dejó perplejo, o sea, que en lugar de la pared revestida así de cerámicos blancos aparecía un fondo oscuro y sobre su hombro una figura fantasmagórica de una mujer con un pañuelo en su cabeza. 

Aun turbado por la imagen se la mostró a los organizadores del evento que no podían creer lo que había captado la cámara y al ampliarse, fue posible observar otros rostros más pequeños y tenues, o sea, resulta que aún no se ha podido asociar esta figura con algún hecho acontecido en el palacio.

Fuente: https://www.infobae.com/sociedad/2021/05/06/fantasmas-de-proceres-y-otros-espectros-que-habitan-el-palacio-paz-la-lujosa-mansion-portena-de-140-ambientes/

Related Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.