La historia de Togo, el perro que salvó a un pueblo de Alaska de una epidemia de difteria

La historia de Togo, el perro que salvó a un pueblo de Alaska de una epidemia de difteria

Nome, en lo alto de la costa oeste de Alaska, en el mar de Bering, es una localidad fronteriza construida sobre el comercio de oro y pieles, o sea, se fundó en 1901 y está más cerca de Siberia que de la ciudad más grande del estado, Anchorage.

Su ubicación remota presentaría una situación de pesadilla cuando, en 1925, una enfermedad empezó a afectar a los niños del pueblo y para cuando las autoridades descubrieron que no se trataba de un brote grave de amigdalitis, era demasiado tarde: era difteria.

La difteria, una infección bacteriana contagiosa que ataca el tracto respiratorio superior y provoca pues inflamación de los tejidos en la garganta, que puede ser letal.

A finales de diciembre, dos niños iñupiaq habían sucumbido a la enfermedad cuando se descubrió que los únicos suministros de antitoxina del pequeño hospital local habían caducado.

Para el 24 de enero habían muerto cuatro niños y se presumía entonces que habían fallecido más en las comunidades alaskeñas nativas de los alrededores y en un telegrama a Anchorage, el médico de Nome Curtis Welch contó que había instaurado una cuarentena y solicitó que les enviaran pues un millón de unidades, asegurando que la «epidemia de difteria es casi inevitable».

La propia historia de Seppala, un inmigrante noruego, había viajado a Alaska en busca de oro y trabajado para una mina y desilusionado por su trabajo, se convirtió en superintendente.

Estimulado por su trabajo y encargado por defecto del adiestramiento y el mantenimiento de los perros de la mina, Seppala encontró su vocación, o sea, como tenía conexiones con el propietario emprendedor de la mina, el explorador noruego Roald Amundsen encargó a Seppala adiestrar y acondicionar un equipo de cachorros como perros de trineo para intentar llegar al Polo Norte desde Alaska.

Togo, al que pondrían el nombre del heroico almirante japonés Heihachiro Togo, nació en 1913 y lo crió la mujer de Seppala, Constance, cuando era un cachorro debido a una aflicción de garganta, o sea, quizá así una posible circunstancia que podría explicar su constitución más pequeña, su temperamento dispuesto y la arraigada lealtad a su dueño.

Togo se escapaba muy a menudo para correr tras Seppala cuando adiestraba o hacía recados y como él lo consideraba una molestia, a los siete meses se lo dio a una amiga como animal de compañía, pero Togo huyó y volvió a casa, o sea, Seppala advirtió una virtud indirecta del perro: su determinación y su destreza para encontrar la distancia más corta entre dos puntos.

Harto de las constantes huidas de Togo, Seppala le permitió correr con el equipo, primero detrás, después más adelante y finalmente en cabeza, donde el perro brilló de verdad.

En The Cruelest Miles de Gay y Laney Salisbury, se cita a Seppala diciendo que en Togo «encontró un líder nato… algo que había intentado criar durante años», o sea, que ambos se volverían inseparables y, en los próximos años, en sus muchas expediciones, salvarían la vida el otro.

Cuando llegó el brote de difteria, Seppala ya era un musher famoso por toda Alaska (lo llamaban «rey del sendero») y su astuto y diminuto Togo era igualmente venerado como perro guía.

La noche del 14 de enero de 1925, las autoridades de Nome llamaron a Seppala para que encabezara la que pasaría a conocerse, la «gran carrera de la misericordia».

Como el viaje de ida y vuelta por los casi 2100 kilómetros que separaban Nome de Nenana era entonces irrealizable para un solo equipo, los viales de antitoxina diftérica (las únicas 300 000 unidades de Alaska) serían transportadas por equipos de perros de trineo de Nenana a Nome a través de una escala media en Nulato.

Los peligros eran considerables, o sea, Seppala se encargaría de las secciones más traicioneras de la etapa de intercepción desde Nome y se vería obligado a sortear el litoral de Norton Sound, un estrecho que así llevaba el escalofriante sobrenombre de «la fábrica de hielo».

La parte más peligrosa del viaje sería atajar por el estrecho congelado, un atajo que le ahorraría entonces un día, pero que estaba plagado de vientos intensos y témpanos de hielo inestables y afilados.

Era una etapa que muchos (Seppala incluido) sabían que solo él podría gestionar así con los instintos de Togo para leer el peligro y el terreno. Pero incluso esta sería una tarea difícil: en aquel momento, Togo ya tenía 12 años.

Seppala partió el 27 de enero y mientras el brote y las condiciones meteorológicas empeoraban, Seppala avanzaría sin saber que los planes ya improbables se se habían cambiado en camino.

Así, corrían un riesgo considerable de saltarse un encuentro en las cabañas rústicas o «paradores», o sea, el único respiro a lo largo de la ruta y cuando el brote de Nome empeoró, se añadieron más mushers y equipos para aliviar la presión y acelerar el tránsito de la medicación, unas ampollas envueltas en pelo y selladas en un recipiente de metal.

El relevo desde Nenana avanzó más rápido de lo esperado, o sea, por pura suerte, Seppala interceptó el suero de un musher llamado Henry Ivanoff a las afueras de Shahtoolik y regresó hacia Nome con peores condiciones.

En la región, las temperaturas eran de -35 grados con sensaciones térmicas de -65, o sea, entonces fue así cuando Seppala dependía de los instintos de Togo cuando no podía ver el camino debido a la espuma, el viento de cara y la nieve profunda.

Debido a su agotamiento y el de sus perros, Seppala se vio obligado a parar en Golovin cuando faltaban 125 kilómetros para llegar a Nome, o sea, desde la salida, el equipo había recorrido pues un total de 420 kilómetros y atravesado Norton Sound en dos ocasiones sobre un hielo traicionero.

Después, un musher llamado Charlie Olsen transportó la antitoxina a unos 50 kilómetros de Nome, donde Gunner Kaasen esperaba con un equipo de 13 perros liderados por Balto, o sea, que la fama resultante de Balto, junto a la del musher Kaasen, fue una consecuencia desafortunada pero involuntaria.

El trayecto de 1085 kilómetros de la antitoxina llevó cinco días y medio, un récord mundial presenciado por un público en ascuas, o sea, que se vio acentuado por la reciente adopción de la radio por parte de la clase media estadounidense, que convirtió entonces la historia de la carrera del suero así en un fenómeno retransmitido a distancia.

En Nome fallecieron entre cinco y siete personas, aunque las cifras de muertos entre los alaskeños nativos de las afueras del pueblo no se registraron y es probable que fueran muy superiores; pues resulta, que así quedó claro que se había evitado de milagro una mayor pérdida de vidas.

Balto fue el perro que lideró la etapa final a Nome y permitió a Kaasen entregar pues el antitoxina el 2 de febrero y en cuanto a la distancia recorrida resulta que Balto y Fox, con Kaasen, cubrieron 80, 85 o 88 km (las fuentes varían), mientras que Seppala, con Togo, transportó el suero a lo largo de 146 km a través de un terreno mucho más técnico y peligroso, o sea, Togo recorrió 420 km de puerta a puerta; Balto, poco más de 160 km.

Fuente: https://www.nationalgeographic.es/historia/2020/05/togo-el-perro-que-salvo-un-pueblo-de-alaska-de-brote-de-difteria

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