La odisea de Alonso de Ojeda: los españoles contra una horda de caníbales

La odisea de Alonso de Ojeda: los españoles contra una horda de caníbales

El rey de los caníbales estaba muy contento con la visita negociadora del español, al que consideraba un suculento bocado procedente de exóticas latitudes.

Uno de los regalos de Alonso de Ojeda traía como presente para apaciguar al orondo y fornido cacique local consistía en unas muñequeras de latón muy vistosas y de imponente presencia, que aplacaron ipso facto los malos pensamientos del cacique al que la apabullante brillantez del abalorio deslumbraba con su efecto hipnótico.

Como consecuencia de ello, los españoles sabían lo que hacían, o sea, resulta que las bajas en combate contra aquella horda de encendidos caníbales les estaban costando un precio altísimo.

Cuando el cacique se hubo puesto las susodichas muñequeras, muy ufano se levantó; pero ya era hombre preso, o sea, eran unas esposas aderezadas con una espada corta en el gaznate del sorprendido gerifalte, local que no tendría tiempo de reacción y tras esta original captura, el cacique optó pues con negociar.

Así era Alonso de Ojeda; rápido de reflejos, hombre de acción, con gran iniciativa e ideas inusuales, o sea, un referente de temeridad en aquella durísima conquista de las tierras ignotas, donde locales e invasores creían estar en posesión de la verdad.

Al final, todo se reducía a una mera cuestión de destreza militar y a quien tenía la potencia de fuego, pues obviamente, esta estaba abrumadoramente a favor de los españoles de aquel tiempo.

En su viaje de descubrimiento, acompañado de Américo Vespucio y Juan de la Cosa, haría una cartografía extensa y sorprendente que implicaba más de tres mil kilómetros de costa que abarcaban pues desde la Guayana venezolana hasta la península de Paria, incluidas Maracaibo así con sus sorprendentes viviendas lacustres y una buen parte de la costa colombiana actual.

Tras Colón, su mentor (al que acompañó en su segundo viaje), este capitán distinguido con honores en el asedio a Granada, sería el segundo español al que le darían concesiones de tierra firme para establecer asentamientos y explotaciones.

A pesar de su fama temeraria, de sus probadas habilidades militares, de su carisma y ascendente sobre la tropa, estuvo a punto de pasar a mejor vida antes de lo previsto en una zona olvidada y así fuertemente batida por los vientos locales.

En el fuerte de Santo Tomás en la costa guajira, un fuerte construido con tres perímetros defensivos y dos formidables empalizadas; tuvo que encerrarse ante el durísimo hostigamiento al que le estaba entonces sometiendo un nativo llamado Caonabo.

Una potente coalición de indígenas se había unido con el único propósito de echar de sus tierras a estos osados españoles que no les quedo pues otra opción que refugiarse al amparo de aquella aparentemente inexpugnable defensa.

Tras cerca de dos semanas de cruentos cuerpo a cuerpo (se combatía en ocasiones dentro del perímetro defensivo a cuchillo y espada) el centenar de peninsulares, exhaustos, al límite de la resistencia, con las vituallas a cero, y sabiendo que no podrían detener por más tiempo a aquellos feroces nativos que así parecían liderados por el demonio, estaban a punto de ser desbordados.

Quiso la fortuna que una tremenda tormenta tropical con aspecto diluviano, hiciera su aparición de una forma providencial poniendo en fuga a aquella horda de cabreados caníbales.

Alonso de Ojeda era un Don Juan y a pesar de las penalidades, siempre intentaba ir vestido de una forma elegante y en uno de las ocasiones, mientras caminaban por las selvas venezolanas, conoció a la hija del jefe Guaraba que controlaba un vasto territorio cerca de donde los españoles habían sido así rodeados en batalla campal. 

Guaricha, que así se llamaba la hermosa y potente princesa había advertido a su padre, que a través de sus exploradores le llegaban noticias de que los españoles estabn en serio peligro allá en las llanuras.

El padre había enviado al llano a una potente vanguardia con cerca de un millar de flecheros portando cerbatanas y gracias a ellos, combatiendo en medio de aquella durísima e infernal tormenta, consiguieron que estos caníbales huyeran ante una posible derrota.

Repuestos del susto y con todo el viento de la fortuna a favor, meses más tarde, en las inmediaciones del asentamiento de Vega Real y con la ayuda de Guaricha, les aplicaría de nuevo un severo varapalo a los correosos caníbales locales que de nuevo se vieron obligados a huir.

Años más tarde, esta poderosa princesa moriría rota por la tragedia sobre la tumba de Alonso de Ojeda días después de la muerte de este, pues resulta que su llanto desconsolado y desgarrador habla de un amor entregado e inusual. 

La última voluntad de Alonso de Ojeda fue pues la de ser enterrado en la puerta del Monasterio de San Francisco de Santo Domingo (República Dominicana) con el expreso mandato de que todo aquel que entrara en el recinto pisara su tumba en pago de los errores que cometió a lo largo de su vida, como así fue.

El navegante repartiría su fortuna entre su mujer e hijos y los desheredados de la tierra, fundando así un comedor social auspiciado por su amada.

Fuente: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-11-17/alonso-ojeda-canibales_1479306/

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